Luego del sepelio, sigue el abandono de casas

Las pandillas no solo están diezmando a familias salvadoreñas. Al dolor por el asesinato de uno o más parientes, muchas familias tienen que abandonar sus propiedades por temor a ser los siguientes en ser asesinados.

Ese es otro de los problemas que están enfrentando decenas de familias que cada día tienen que encajar la muerte de sus parientes, según comprobó El Diario de Hoy.

Ejemplo de eso se hallaron muchos. Al tratar de ubicar a los familiares de las 58 personas asesinadas en cinco municipios tomados como muestras, lo que se encontró fueron casas abandonadas, desmanteladas, otras con las puertas de par en par y con animales domésticos abandonados esperando a sus dueños.

Perros hambrientos, aves de corral muriendo y cultivos abandonados, son los panoramas más comunes.

En una zona rural de Jiquilisco, en la hacienda Los Tercios, hay cuatro casas abandonadas. Construcciones parte de adobe, parte de láminas herrumbrosas y agujeradas, partes con plástico negro y piso de tierra.

Una de esas estaba ya sin techo, entre las cuatro paredes había una vieja y destartalada cama de madera, un sombrero, una Biblia y varios perros atrincherados cerca, como defendiéndola a ladridos.

Esa era la casa de Manuel Santana Alemán, un hombre de 52 años, asesinado el pasado 26 de mayo en un manglar de Jiquilisco, junto a otros tres hombres, hermanos entre sí.

A pocos metros también lucían abandonadas las casas de José Arquímides Gómez Granados, de José Adrián Martínez Gómez y de Isabel, la madre de ambos y también de Juan Gonzalo. Los cuatro curileros asesinados el 26 de mayo en la mañana.

A muchos kilómetros de allí, también luce abandonada la casa de Napoleón Flores, un hombre de 70 años, asesinado en el cantón El Copinol, municipio de Zacatecoluca.

La casa de Napoleón es en mucho superior a las casas donde vivían los cuatro curileros de Jiquilisco.

Al septuagenario lo mataron a las 6:00 de la mañana del 10 de mayo anterior en el pasaje 4 de la lotificación 10 de Mayo. Supuestamente lo mataron miembros de pandillas. En el vecindario se dice que tenía un pariente que estaba en la Policía; otras fuentes aseguran que lo mataron porque colaboraba como informante de la PNC.

Desde que Napoleón fue asesinado, a los habitantes de la lotificación no les gusta platicar con extraños; saben que son observados y que eso de no cumplir el código de las pandillas de "ver, oír y callar", lleva a la muerte.

Líderes comunales asesinados, otra casa sola

Colón ocupó el cuatro lugar entre los 12 municipios con más asesinatos por cada 100 mil habitantes, según Medicina Legal.

Entre los 21 asesinatos que fueron cometidos en ese municipio de La Libertad, están los esposos Manuel de Jesús Ordóñez Mejía, de 46 años, y de Mirna Antonieta Grande de Ordóñez, de 43.

Ambos fueron atacados en su vivienda en la Colonia Las Flores, en el cantón Lourdes, donde domina la pandilla 18.

Mirna Antonieta murió al instante, dentro de su casa, mientras que Manuel de Jesús falleció en la Unidad de Salud (Fosalud) de Lourdes.

El martes 9 de junio, El Diario de Hoy comprobó que la casa está abandonada. La única hija que vivía con ambas víctimas decidió marcharse sin decir nada a nadie.

¿Por qué los asesinaron? Ni la Policía sabe pero ambos eran líderes comunales que colaboraban con diversas organizaciones o entidades municipales, según explicaron personas que los conocieron.

Siempre en Lourdes, pero en la urbanización Campos Verdes 2, sobre la avenida El Cafetal, desde hace más de un mes, una casa luce en su fachada, como decenas en esa urbanización, un rótulo de "Se Vende".

Es la casa donde vivía Maybelin Vanesa Orellana Melgar, de 32 años, asesinada el pasado 1 de mayo en su propia casa donde tenía un pequeño negocio.

De acuerdo con información recabadas por EDH, a Maybelin la asesinaron pandilleros de la 18 que controlan esa urbanización. La Policía asegura que la mujer parecía mantener relaciones de amistad miembros de esa pandilla.

El escenario de casas vacías es muy recurrente. Muchas familias prefieren abandonar sus propiedades que, a veces, representan todo su patrimonio, luego de sufrir la muerte de alguno de los suyos.

Ese fenómeno constituye un duro golpe a las economías de esas familias pues además de pagar alquiler tienen que luchar por conseguir una forma allegar ingresos familiares.