"Mis hijos eran humildes trabajadores pero no eran de maras"

Para Isabel Gómez la vida ya no tiene sentido desde aquella mañana del 26 de mayo, cuando su cuñado le dijo que a sus tres hijos y a un amigo de la familia, unos pandilleros los habían matado. Isabel es la madre de José Arquímides, José Adrián y Juan Gonzalo, de 39, 32 y 18 años, los tres hombres que junto a Manuel Santana Alemán, fueron salvajemente asesinados en un manglar donde pretendían buscar punches y curiles, labor que realizaban para sobrevivir cuando no conseguían dónde trabajar para ganarse unos cinco dólares al día.

Pero a Isabel también le duele que se haya dicho que sus tres hijos y el amigo de éstos habían sido asesinados porque eran miembros de maras y que por eso la pandilla 18 los había eliminado. "Mis hijos no andaban en eso.

Eran humildes pero trabajadores. Siempre andaban viendo cómo conseguían honradamente la comida", dijo ella, dijo. La mujer tiene presente aquel amanecer del 26 de mayo, cuando Juan Gonzalo, el menor de las cuatro víctimas y el último de sus hijos, le dijo que procuraría conseguir para comprar una gaseosa. ¿Por qué quería una soda? Ese día era especial para Juan Gonzalo: estaba cumpliendo los 18 años y pensaba celebrarlo tomándose una soda.

Era a lo más que podía aspirar. Nada de partir un pastel u otra forma de agasajo. Sus hermanos le habían prometido que si conseguían coger muchos cangrejos y curiles, con el dinero que les dieran por la venta, le ayudarían para que fuera a Usulután a tramitar el Documento Único de Identidad.

Los cuatro hombres asesinados vivían en la hacienda Los Tercios en condiciones de pobreza extrema, según comprobaron periodistas de EDH. Todos eran jornaleros que se ganaban la vida haciendo cualquier labor agrícola. La zafra de caña era la que más los beneficiaba. Pero cuando no había dónde trabajar, se iban al estero a hurgar entre el lodo de los manglares para conseguir cangrejos y curiles, labor con la que podían conseguir no más de seis dólares al día.

Cuando estaba malo, si acaso conseguían los suficientes curiles para obtener unos dos dólares. Curilear no es una faena sencilla. Significa hundirse en el fango de los manglares y hurgar con las manos por debajo del lodo, exponiéndose a las mordidas o picaduras de cualquier animal; el curilero está a merced de todo tipo de insectos. De acuerdo con fuentes policiales, las cuatro víctimas no pertenecían a la mara Salvatrucha. Su único error fue haber vivido en un territorio que es dominado por la mara Salvatrucha y atreverse a caminar por territorio dominado por la pandilla 18. Un tío de los tres hermanos logró escapar con vida. Isabel no sabe cómo lo logró.

El hombre lo único que ha dicho es que cuando echó a correr, los pandilleros le dispararon varias veces. Él vio, desde lejos, cuando sus sobrinos y el otro hombre eran ejecutados. Al dolor por la muerte de sus tres hijos y su amigo, se le suma la pobreza. Aunque esta siempre se ha aferrado a ella y su familia, ahora la miseria se ha ensañado con todos ellos.

Luego de sepultar a los cuatro, Isabel y las mujeres de sus hijos y sus nietos han tenido que vivir hacinados en una pequeña casa de otra hija. A varios kilómetros, en un territorio marcado con grafitis de la MS-13, están varias viviendas, auténticas champas en cuyos corredores deambulan gallinas, pavos, patos y perros que han quedado abandonados. Isabel dice que tiene miedo de volver a sus casas, pero ante la incomodidad de estar "arrimados" en casa ajena, a principios de junio dijo que estaban pensando en regresar a pesar del riesgo que según ella representa eso, a menos que alguien o alguna institución les ayudara a conseguir otro lugar para vivir.