Cientos de asesinados no son mareros

Ante la escalada de asesinatos que sufre El Salvador en los últimos meses, solamente en mayo se registran 641 personas, funcionarios del Ministerio de Seguridad Pública, policías y algunos fiscales aseguran de manera contundente que la mayoría de víctimas son mareros, personas vinculadas a las pandillas, incluso han afirmado que muchos de esos crímenes se deben a purgas al interior de las mismas agrupaciones delictivas. Ante la falta de datos oficiales que den solidez a estas afirmaciones de que la mayoría de asesinados son pandilleros, El Diario de Hoy inició una investigación para determinar quiénes son las personas que mueren cada día y sí realmente son mareros.

La investigación incluyó el rastreó 58 casos de homicidios en cinco municipios, en cuatro de los cuales la tasa de asesinatos está entre los 21 y 40 por cada 100 mil habitantes, según los registros del Instituto de Medicina Legal, IML, habiendo encontrado que sólo 21 personas tenían claros vínculos a estructuras pandilleriles. En Jiquilisco, en el departamento de Usulután, solamente en mayo, según IML, la tasa de asesinatos fue de 39.8 por cada 100 mil habitantes.

De acuerdo con cifras del IML, en mayo anterior, en Jiquilisco murieron 19 personas de forma violenta; no obstante, este periódico confirmó documentalmente que hubo 21 homicidios. La investigación de El Diario de Hoy indica que solo 9 de 21 víctimas estaban vinculadas, como miembros o colaboradores, a la mara Salvatrucha o a la pandilla 18 Revolucionarios, que son las dos estructuras criminales que tienen más presencia en ese municipio. Durante mayo, Jiquilisco registró dos casos de homicidios múltiples, cuyas víctimas fueron señaladas, rápidamente por fuentes policiales como miembros de pandillas. Varios medios de comunicación hicieron eco de tales aseveraciones. En Jiquilisco, solo 9 de 21 asesinados eran mareros El Diario de Hoy estableció que de un total de siete personas asesinadas en dos casos múltiples, solo tres eran miembros de la mara Salvatrucha (MS-13, que murieron en el cantón Tierra Blanca, calle al cantón San Hilario, el 10 de mayo pasado, el mismo día de la madre.

Estos fueron identificados como José Francisco Portillo Rivas, de 15 años, (a) Chico Maleta; José Milton Argueta Sigarán, de 15 años, (a) El Brujo; y Ernesto Antonio Hernández Argueta, de 21, apodado El Sambo. De los otro cuatro casos, las víctimas no tenían antecedentes delincuenciales ni estaban fichados como mareros tales por la Policía Nacional Civil (PNC). Este último caso ocurrió el 26 de mayo, a las 8:00 de la mañana, a orillas de un manglar.

Estas cuatro víctimas fueron identificadas como José Adrián Martínez Gómez, de 32 años, José Arquímides Gómez Granados, de 29, Juan Gonzalo Martínez Gómez, de 18, y Manuel Santana Alemán Hernández, de 52. Los primeros tres eran hermanos y el último mantenía una relación cercana con ellos. Incluso, algunos policías de Jiquilisco aseguran ahora que la única vinculación de ese cuádruple homicidio con grupos de pandillas es que quienes los mataron fueron miembros de la 18 Revolucionarios

Siempre en Jiquilisco, el 13 de mayo, a la medianoche, dos hermanos fueron asesinados en la sala de su vivienda en la lotificación La Bendición, del cantón Los Planes. En este caso, las víctimas fueron los hermanos Edgar do Jesús y José Fernando Coreas Sánchez, de 26 y 17 años de edad. Eran dos jóvenes jornaleros que tampoco tenían vinculación con grupos de pandillas, a pesar de vivir en un sector dominado por la MS-13, según los grafitis que predominan en las paredes de las casas y los postes del cableado eléctrico (ver nota aparte). “Uno de ellos era el que cuando se ponía bolo hablaba babosadas pero mareros no eran”, aseguró un policía de Jiquilisco quien describió la saña con que fueron asesinados los dos hermanos.

Los casos en Colón

En en el municipio de Colón, con una tasa de homicidios de 21.7 por cada 100 mil habitantes, solo en cuatro de 14 casos rastreados, se logró determinar una clara relación de las víctimas con miembros de pandillas.

Entre las cuatro personas asesinadas, relacionadas con pandillas, una era mujer, dos eran estudiantes, de 17 años, y un hombre adulto. Tanto la mujer como uno de los menores fueron asesinados en la urbanización Campos Verdes, a pleno día. En el caso de la mujer, Maybeline Melgar, aparentemente era amiga de pandilleros de la 18 que domina esa comunidad y se supone que fueron ellos mismos quienes la mataron. En cuanto al menor asesinado en esa misma urbanización, Eduardo R., días antes de que lo mataran había discutido con otro conocido vendedor de droga y miembro de la pandilla 18.

La percepción atrevida

Tener un tatuaje, aunque no sea de letras o números relativos a maras o pandillas, así como vivir en un lugar dominado por esos grupos es peligroso, incluso para cuando ya se está muerto, pues algunas autoridades arrebatadamente suelen etiquetar un cadáver como miembro de una pandilla. Eso pasó en Sonsonate con dos hombres asesinados durante mayo. En ese municipio, según el Medicina Legal hubo 15 asesinatos, de los cuales, El Diario de Hoy logró identificar a ocho víctimas; de esa cantidad, sólo una tenía evidente relación con miembros de pandillas. Dos casos más, el de una persona transgénero y una mujer, las autoridades están barajando varias hipótesis, entre estas, una que apunta a que el doble homicidio podría estar relacionado con asuntos de drogas.

Entre tanto, Joselyn Georgina Ramírez, de 22 años, murió acribillada mientras esperaba que la atendieran en una pupusería que fue ametrallada desde un auto en marcha. Luis Pérez, un hombre de 55 años, fue asesinado en mayo en Sonsonate. Lo hallaron estrangulado. Parientes sospechan que los hechores podrían ser miembros de maras que desconfiaron de que Pérez estuviera pasando información a la PNC y soldados.

El electricista no era pandillero

Resulta que, de acuerdo con versiones policiales, Alexander Javier Paula Cortez, de 22 años, asesinado el 18 de mayo en la colonia Castro, era miembro de una pandilla. La colonia Castro es una comunidad localizada en los arrabales de Sonsonate, media urbana, media rural. Alexander vivía en una casa hecha de láminas viejas a la orilla de un río.

El joven vivía casi en el límite entre los territorios de la 18 y la MS. El día que lo asesinaron caminaba justamente por la calle que divide ambos territorios. Pero él no era marero. Lo dicen muchos. Aquel 18 de mayo regresaba de su trabajo como electricista en una empresa distribuidora de electricidad, en Santa Ana. Iba de prisa porque quería asistir a un oficio religioso de la iglesia en la que se congregaba. A pocas cuadras del lugar donde mataron a Alexander Javier, cinco días antes habían asesinado a Carlos Francisco Gómez, un hombre de 50 años, cuyo cuerpo tenía tatuajes no alusivos a las pandillas. Se los había hecho en Estados Unidos donde había vivido más de 35 años.

El día que lo mataron estaba en la calle, frente a la casa de su abuela, jugando con su perra, una pitbull que también recibió varios balazos cuando atacaron a su amo, pero que logró sobrevivir. Gómez, al decir de vecinos y parientes tampoco era pandillero. Tenía la convicción, dicen los que lo conocieron, de que por su edad y porque los tatuajes no eran de grupos pandilleros no lo matarían. En el campo donde más se asesina A diferencia de hace aproximadamente cinco años, cuando la mayoría de asesinatos eran cometidos en las áreas urbanas, hoy parece que la muerte ha cambiado de escenario. Se ha ido al campo.

De los 58 casos estudiados por El Diario de Hoy, 41 fueron cometidos en la zona rural de los cinco municipios tomados como muestra. Sin embargo, de los restantes 17 casos, la mayoría es cometida en colonias que están en los alrededores del casco urbano de tales municipios, que más bien son lotificaciones o parcelaciones donde cada propietario construye sin ton ni son sus propias viviendas. Ese es el caso de las colonias Belén y Castro, en Sonsonate; Las Flores, La Gaviota, y El Chilamate, en Jiquilisco; así como Las Flores, del cantón Lourdes, en Colón, y la colonia 10 de Mayo, en el cantón El Copinol, en Zacatecoluca.

Más hombres asesinados

Las estadísticas oficiales de asesinatos evidencian que la mayoría de víctimas de asesinatos son hombres. Bajo la lógica de funcionarios de la cartera de seguridad, eso es así porque las pandillas están compuestas, en su mayoría, por hombres y, por tanto, son estos los que más son asesinados.

Esta idea pareciera que no tiene sustento empírico. Aunque los resultados de la investigación de El Diario de Hoy indican que menos de la mitad del total de víctimas de homicidios son personas con evidente vinculación con esos grupos, lo cierto es que hay municipios donde durante mayo, ninguna mujer fue asesinada. Un ejemplo de eso es Jiquilisco y San Luis La Herradura., en los departamentos de Usulután y La Paz.

En Jiquilisco, por ejemplo, los 21 documentados corresponden a hombres entre los 15 y 63 años, de los cuales 17 fueron registrados en la zona rural; el resto en colonias de la periferia del área urbanizada. Los primeros datos del rastreo hecho por EDH muestran que hay más preguntas que respuestas y que las versiones oficiales sobre que las víctimas son mareros no tienen sostén.